Jarabe de Ética

¿Es lícito matar por matar y cuanto más mejor hasta llenar la bolsa? ¿hembras con crías, hembras preñadas, machos jóvenes o adultos reflectoreando y valiéndose de cualquier medio?

Hablando de jabalíes…Recuerdo a J.E., que luego de recechar, acechar y caminar y cansarse de que la suerte le fuera esquiva, en el último suspiro del día de cacería el guía le mostró, (ya anochecido y mucho más) sobre una pequeña elevación, un enorme bulto con cuatro patas que a la distancia y tan oscuro parecía un padrillo a punto de desaparecer ya que el viento le era favorable.

El baquiano urgió: ¡Pronto que se va! ahí, sin pensar, apuntó y disparó. Buen cazador, no necesitó otro disparo.Entonces aceleró el paso, llegó a la pequeña lomada, observó su presa y a pocos metros de ella, varios jabatos corrían en todas direcciones.J. E. no pudo evitar las lágrimas de impotencia.

Nos seguimos viendo a menudo, pasaron años y cada vez que sale el tema responde: «Si no hubiera escuchado al baquiano y me hubiera guiado con tranquilidad por mi experiencia, no habría matado a una chancha con cría». Hablando de antílopes…Un amigo, R.C., tenía permiso en un campo y me invitó para cazar un macho y , obligados, dos hembras, pues hacía rato, que se había roto el equilibrio y machos defectuosos y con taras genéticas, accedían a procrear, eludiendo las leyes naturales de la selección.Bien temprano nos presentamos al dueño y luego de los saludos habituales, nos largamos al campo. Muchas hectáreas de cardales y otras malezas rastreras dificultaban el acercamiento. Si consideramos que la visión extraordinaria del antílope le permite ver a ochocientos metros el movimiento de un brazo, estábamos en desventaja. Prismáticos en mano buscamos los grupos más potables para un buen acercamiento, mientras las horas pasaban, seguíamos jugando a las escondidas.

Ya a la tarde pudimos llegar a un monte de eucaliptos cerrado y añoso. Descansamos un rato, tomamos un poco de té frío y decidimos, yendo por dentro del monte o isleta, separarnos uno a cada extremo y así rodear la manada que se visualizaba al frente. En ese momento R.C. pudo ver con mis prismáticos, un buen macho que se alejaba de la manada y se fue agachado hasta comenzar a arrastrarse. Yo lo imité hacia el otro lado, después de ver que el resto de la manada pastaba con su ritmo de uno come y otro vigila. Apenas llegado al extremo de la isleta escuché el estampido que esperaba. Asombrado vi que la manada, en vez de escapar hacia el este venía hacia mí. Pasaron como el viento con sus enormes saltos y, algo retrasadas, un grupo de hembras. Apunté a la más grande que traía un andar raro; disparé y cayo.

Le tiré a la que venía atrás. R.C. me llamaba exultante por su trofeo. Lo escuché pero seguí mi camino porque quería corroborar lo que me había parecido cuando enfoqué la mira. Me acerqué y con asombro encontré a las dos hembras, probablemente madre e hija. Ambas tenían las patas delanteras rotadas hasta quedar invertidas las pezuñas,por eso su andar más lento y el salto raro. No me alegre, simplemente cumplí un trato. Fue la primera y la última vez que mate una.Ya pasaron muchos años de aquella cacería y es el día de hoy que lamento no haber conservado las patas de ambas pues realmente hubieran sido una pieza única en mi pequeña colección de rareza.

Tomas Caputo

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